Biografía de Winston Churchill

Pocos personajes de la historia reciente pueden presumir de una visión tan clara de las situaciones y de una capacidad de trabajo tan extraordinaria como la de Winston Churchill, quien ya en su época se erigió como todo un icono que abanderaba la lucha de su país contra las fuerzas del Eje, y que ha pasado a la historia como toda una personalidad, con sus luces y sus sombras.

Porque si uno va a Inglaterra a preguntar sobre Churchill, o lo hace en la India o en Bangladesh, probablemente recibirá respuestas de muy diverso cariz. Pero la crítica forma parte intrínseca de un personaje con una vida y una personalidad tan poliédricas como la de Churchill.

Winston Leonard Spencer Churchill, conocido simplemente como Winston Churchill, nació el 30 de noviembre de 1874 en el Palacio de Blenheim, en el seno de una familia noble.

Descendía, por línea paterna, del duque de Marlborough, al ser hijo del matrimonio formado por lord Randolph Churchill, y la rica heredera estadounidense Jennie Jerome. Por lo tanto, familia noble y acomodada, que le brindaron una educación de primer orden.

El joven Churchill ya destacaba de los demás por un carácter rebelde, independiente y ambicioso, que en el futuro harían que siguiera siempre su camino, sin importarle lo más mínimo el qué dirán.

En 1893 ingresa en la famosa academia militar de Sandhurst, graduándose al año siguiente y alistándose en el ejército cuando tenía 21 años, cumpliendo así su deseo de vivir aventuras muy propio de la juventud de la era victoriana. Fue destinado a la India.

El clima pacífico del subcontinente, entonces dominio británico, impulsó a Churchill a viajar en busca de aventuras.

Pasó por Cuba en 1895 para enterarse de primera mano de los combates entre los ocupantes españoles y las fuerzas nacionales de liberación, escribiendo artículos periodísticos para el Daily Graphic.

No es de extrañar esta ocupación como periodista y escritor del futuro premier británico, habida cuenta que hasta ganaría un Premio Nobel de literatura (pero eso vendría mucho más adelante, en 1953).

Se perdió la guerra entre Grecia y Turquía y tampoco pudo participar en la represión de la rebelión pastún, dos casos que lo frustraron en su sed de encontrar aventuras, que se pudo ver saciado por fin participando en la campaña de conquista del Sudán liderada por lord Kitchener, mientras seguía escribiendo para diferentes periódicos.

En 1899 deja el ejército y se encamina hacia la política, un campo de actuación en el que sería reconocido por su carrera en todo el mundo, y en el que tampoco actuaría de una forma convencional.

Churchill nunca acató los dictados de la sociedad pese a haber nacido y haberse criado en una tan estricta como la victoriana; era un espíritu libre que hacía lo que pensaba era más correcto, y esto queda patente en los numerosos cambios “de chaqueta” que hizo en el terreno político.

Empezó en las filas conservadoras, pero no le importó cambiarse a las laboristas cuando la oportunidad se lo dictaba, siendo calificado de poco fiable por sus rivales políticos.

Churchill empezaría a hacerse fama y un nombre público como periodista de guerra con su cobertura de la Segunda Guerra Anglo-Bóer (1899-1902).

Una demostración de su fuerte carácter y de su sangre fría para tomar decisiones la podemos encontrar en que, cuando el tren en el que viajaba con tropas, fue hecho descarrilar por una guerrilla boer, él tomó el mando de los soldados para reparar las vías y lo que se pudiera del tren, logrando trasladar a los heridos a lugar seguro pero cayendo él mismo prisionero de los boers.

Logró escapar de su cautiverio, volviendo a territorio controlado por los británicos y desempeñando, a partir de aquí, una doble tarea como corresponsal de guerra y oficial del ejército.

A su regreso a la Gran Bretaña, retomaría su carrera política, empezando desde abajo, con el partido conservador, que abandonará en 1904 para pasarse a los liberales.

Su primer cargo público le llegaría en 1906 como Subsecretario ministerial para las colonias.

Pese a sus luces, Winston Churchill también tenía sus sombras: era un supremacista británico, persuadido de la superioridad británica para mandar en el mundo y, por lo tanto, un imperialista convencido.

En 1910 le es otorgado el título de Ministro de asuntos internos y, en 1911, el de Primer lord del almirantazgo.

Sería en esta posición que, en 1914, lo encontró el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Churchill sería un reformador del ejército, gran admirador de las innovaciones técnicas (como buen hombre crecido en la revolución industrial) como los tanques.

Pero la que esperaba fuera su principal contribución a la victoria de la Entente en el conflicto, el desembarco de Gallipoli con el objetivo de dejar fuera del conflicto a Turquía, acabó en un verdadera fracaso y una carnicería de las fuerzas aliadas.

El fracaso de esta operación marcó hasta tal punto a Churchill que decidió dimitir de todos sus cargos y alistarse nuevamente en el ejército.

Sentía la necesidad de purgar sus pecados corriendo el mismo peligro en el frente que habían corrido los soldados que él había enviado a morir. En 1917 retoma sus responsabilidades en el gobierno como Ministro de armamento, aunque el fantasma de Gallipoli lo perseguiría políticamente hasta finalizada la Segunda Guerra Mundial, y a nivel personal, hasta en este conflicto (tuvo miedo de lo que pudiera pasar en el Día D).

Tras la guerra, fue lo que hoy sería un Ministro de defensa, ocupándose de la intervención británica en la Guerra Civil Rusa.

Churchill fue un convencido militante anti-comunista, persuadido de que dicha doctrina política no debía sobrevivir a la revolución.

Solamente dejó su furibunda militancia anti-comunista para aliarse circunstancialmente con la URSS estalinista para enfrentarse a un peligro que consideraba mayor todavía: el nazismo.

Como Ministro de colonias, en 1921 fue uno de los firmantes del tratado que estableció el Estado libre de Irlanda.

El periodo de entreguerras vió a un Churchill languideciente, que volvió a pasarse a las filas del Partido Conservador. Fue Ministro de economía, haciendo que Gran Bretaña pasara nuevamente al patrón oro y provocando una grave crisis con ello. El mismo Churchill admitiría más adelante que esa fue una de las peores decisiones de su vida.

En los años más bajos de su carrera política, no dejó de trabajar, y se dedicó más a escribir, una práctica que no abandonó nunca.

Desde 1933, ya tenía un ojo puesto en la Alemania hitleriana, siendo uno de los pocos en denunciar su rearme. Churchill fue una mente preclara en el reconocimiento temprano del peligro que entrañaba el nacionalsocialismo, aunque los dirigentes de su época no le hicieron caso.

Frente a un Churchill que propugnaba mano dura contra el nazi, el gobierno británico prefería una política de apaciguamiento que, a la postre, acarreó el resultado que ya todos conocemos.

Al comienzo del conflicto, retoma el cargo que ya había ejercido durante la Primera Guerra Mundial como Primer lord del almirantazgo, recibiendo los dardos de quienes todavía le recriminan lo de Gallipoli, pero pronto pasará, de forma inesperada, a primer plano de la política.

El fracaso del asalto a una Noruega ya ocupada por los nazis, lleva a la dimisión de Neville chamberlain, el premier británico artífice del pacto de Múnich, siendo propuesta la formación de gobierno a Churchill, tarea que acepta.

Los duros años de la Segunda Guerra Mundial se convertirán en el cénit de la carrera política de Churchill y lo convertirán en un personaje que superará la historia británica para pasar a formar parte de la mundial.

Trabajador infatigable, seguía siendo una mente preclara en el trazado de estrategias a largo plazo, además de ser el artífice británico de la “relación especial” que unió a este país con los Estados Unidos y que desembocó con la entrada de este último en la guerra.

También galvanizó a la opinión pública y al ejército de su país para hacer frente a una resistencia que, durante algún tiempo, fue casi en solitario ante el rodillo militar germano que había conquistado media Europa. Sus discursos alzaron la moral de la población y los combatientes.

Churchill lo sabía, y su retórica iba enfocada a ello. Su genialidad llegaba al punto de saber a quien se dirigía y como llegar a todos. Personaje carismático, ha legado a la posteridad numerosas frases dichas durante el conflicto.

Pero también esta época tiene sus sombras.

No hizo nada por solucionar la severa escasez alimenticia que sufrió Bengala en 1943, que llevó a la muerte por inanición de más de dos millones de personas.

Bengala formaba entonces parte de los dominios británicos en la India, y Churchill no tomó ninguna medida para evitar la hambruna, destinando todo el esfuerzo al frente de batalla. Probablemente, su concepto de superioridad racial y cultural británica decantaron su juicio y las acciones tomadas.

La traición al gobierno polaco legítimo, exiliado en Londres y que había apoyado al británico, en aras de un entendimiento con la URSS, fue otra prueba del salvaje pragmatismo de Churchill.

Finalizada la guerra, participaría en la partición de Europa entre las potencias occidentales y la URSS, muy a su pesar. Famoso es su discurso sobre el “Telón de acero”, que dió nombre a la invisible línea que dividía Europa.

En 1945, una vez finalizada la guerra, perdería las elecciones a favor de su rival laborista, Clement Attlee. El mundo parecía haber dado la espalda a uno de los máximos contribuyentes a acabar con el régimen nazi.

No obstante, quienes le habían retirado su apoyo, los ciudadanos británicos, se lo volverían a dar en 1951 para un nuevo mandato de cuatro años.

No obstante, su mentalidad colonialista e imperialista, profundamente impregnada de la gran era victoriana, chocaba de lleno con la realidad de una época en la que el Imperio Británico se descomponía, y aquella pequeña nación que había conquistado la mayor parte de la tierra allende los mares, pasaba a desempeñar un rol secundario a la sombra del poderío estadounidense.

La cruenta represión de la rebelión Mau Mau en Kenia fue un buen ejemplo de la mentalidad arcaica de Churchill y de su incapacidad para querer admitir el fín del Imperio.

En 1955, poco antes de enfrentarse a unas nuevas elecciones, Winston Churchill dimitía como primer ministro británico, y se distanciaba de la política, aunque no la abandonó. El motivo era su deterioro físico, propio de la edad y una vida atribulada.

A partir de ese momento, su actividad disminuiría notablemente y ya prácticamente sólo recibiría honores.

En enero de 1965, víctima de una trombosis cerebral, fallecía. El mundo perdía una mente preclara que, con sus luces y sus sombras, con algunos errores entre sus múltiples aciertos, había sabido leer su tiempo y el que vendría, y adelantarse a los acontecimientos.

Un adelantado que sólo pudo y quiso ser de un modo: el suyo. Pocos personajes pueden presumir de una altura de miras como la suya.

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