Biografía de Stalin (1922-1953)

Tal vez el dictador que mayor odio y repugnancia concita por los crímenes que se cometieron durante su mandato sea el nazi Adolf Hitler, pero hay otro, también muy odiado, que no solo no le va a la zaga en cuanto a número de muertos, sino que hay muchos historiadores que afirman que, incluso, supera al “maestro”. Esta es la historia de Iósif Stalin.

Nacido en 1878 en Gori, Georgia (por aquel entonces, el Imperio Ruso), hijo de un padre alcohólico y violento, y de una madre muy religiosa.

Acostumbrado a defender a su madre de los impulsos violentos de su padre (que abandonó el hogar familiar cuando el futuro dictador de la URSS tendría unos 10 u 11 años), ingresó en una escuela monástica cuando contaría unos 16 años, aunque acabó siendo expulsado del seminario. También trabajó como aprendiz de zapatero con su padre en una fábrica.

La vena revolucionaria de Stalin empezó, precisamente, en sus años en el seminario.

Durante su estancia de estudios en dicha institución, un joven Stalin entra en contacto con el marxismo y puede ver, desde una buena atalaya, las diferencias sociales en la Rusia zarista, que le disgustan y le empujan a hacer algo al respecto.

Sus primeros intentos revolucionarios son algo toscos, organizando manifestaciones y huelgas, e intentando imprimir un periódico que acabará por no ver la luz (aunque sí algunos panfletos).

En 1900, y a raíz de una redada por parte de la policía política zarista, pasará a la clandestinidad.

Como agitador, Stalin es más bien un hombre de acción, con arrojo, aunque con pocas luces para la estrategia a largo plazo.

Entre sus múltiples roles en el movimiento revolucionario ruso, figura el de ladrón de bancos, algo necesario para proporcionar fondos al movimiento. Si bien no era un buen estratega, sabía ganarse la confianza de quienes mandaban para ir subiendo en el escalafón.

Gracias a estas habilidades se ganó la simpatía de Lenin, llegando a ser editor del periódico Pravda, órgano de comunicación del Partido Comunista, en 1917.

Su papel en la revuelta que otorgó el poder a los bolcheviques es objeto de cierta controversia, aunque la mayoría de los historiadores están de acuerdo en que su rol fue secundario e insignificante en el devenir de los hechos.

Tras la obtención del poder absoluto en la URSS por parte de Stalin, la historiografía soviética oficial enfatizó la vertiente heroica de su figura, presentándolo como un líder militar que se encargó, junto a quienes le apoyaron en su ascenso, de todo el operativo revolucionario.

La realidad es que la principal figura militar y que posteriormente crearía el Ejército Rojo como una aplastante maquinaria de guerra, fue Lev Trotski, ninguneado y perseguido por Stalin, quien lo hizo asesinar en su exilio mexicano.

Ejerció de comisario político en diversos frentes durante la Guerra Civil y la posterior guerra contra Polonia, queriendo ir siempre más allá de su función y demostrando sus carencias como líder militar que tanto daño harán a la URSS durante la Segunda Guerra Mundial.

Pese a todo, el “camarada Stalin” siempre salía indemne de estas situaciones, e iba escalando puestos, mejorando su posición en el partido y acercándose a los círculos de poder.

Hacia el final de sus días, Lenin vio el peligro que representaba Stalin y aconsejó al Partido que lo apartara del poder.


Fotolia: Nikolai Korzhov

Sin embargo, para un Lenin muy debilitado y ya moribundo, presa de un Stalin y sus aliados que lo aislaron del mundo exterior, fue imposible controlar que el futuro dictador no accediera al poder.

Tras la muerte de Lenin se produjo una carrera por alcanzar el poder, de la cual Stalin saldría airoso al saber conducir mejor la situación colocando a hombres de su confianza en puestos clave del aparato de PCUS, a la par que lanzaba campañas de desprestigio contra sus oponentes.

Si bien Stalin no pasaba por ser un hombre culto y refinado, ni siquiera inteligente, tenía la sagacidad y la viveza del pícaro que sabe, instintivamente, cómo sobrevivir y medrar.

En 1929, Stalin se había hecho con el poder absoluto en la Unión Soviética. Fue el momento de lanzar hacia adelante sus propuestas económicas y sociales.

Estas resultaron en un desastre enorme, sobretodo en el ámbito agrario, en el que las reformas, aunque bienintencionadas para dar la tierra al campesinado, otrora desposeído, redundaron en un notable caos que redujo drásticamente la producción, trayendo nuevas hambrunas como las de 1921/22.

Los planes quinquenales fueron iniciativas lanzadas para industrializar la URSS, que obtuvieron un cierto éxito, pero que no acabaron de cuajar en la dirección deseada (el país siempre mostró lagunas en este y otros aspectos).

En el plano personal, Stalin se convirtió -si no es que lo era ya y el acceso al poder simplemente potenció esta faceta- en un paranoico.

Una leve discrepancia ideológica o práctica, incluso una mala mirada o que le cayeras mal, podía significar desde tu internamiento en un campo de concentración, hasta el asesinato, de una forma discreta, por ejemplo, simulando un suicidio o escurriendo el bulto hacia una minoría o una facción dentro del PCUS.

Esto dio alas a las llamadas “purgas”, en las cuales Stalin se deshizo de sus enemigos políticos y de aquellas disensiones de su propia concepción de lo que debía ser el comunismo.

Tan pronto podías ver tu carrera impulsada por Stalin, como ser detenido por contrarrevolucionario, simplemente por ser amigo de alguien que se había opuesto a Stalin.

El dictador hizo tal purga en el ejército (como militar, como he dicho antes, no brillaba precisamente, y no se fiaba de militares competentes por miedo a que le arrebataran el poder) que, cuando los alemanes atacaron la URSS en 1941, pudieron progresar rápidamente en buena medida gracias a que no había líderes militares suficientemente capaces como para hacerles frente con efectividad. La URSS tardaría todavía dos años hasta poder luchar de tú a tú con las fuerzas del Eje.

Stalin también sufría un problema de alcoholismo.

Cuenta una anécdota que una de sus amas de llaves, una noche (durante el periodo de la guerra) vio como Stalin dejaba tras de sí en la basura un par de botellas de vodka vacías.

Pervirtió el comunismo, instaurando un culto a la personalidad que superaba con creces el que se había generado con Lenin (y que Stalin potenció tras la muerte de este), llevando a cabo prácticas que habrían horrorizado al mismo Marx.

Tras la guerra, el “zar rojo” se quedó con el control de toda Europa occidental, que controló con puño de hierro, al igual que gobernaba su país, hasta su muerte en 1953.

Su sucesor, Nikita Jrushchov denunció sus crímenes y empezó a demoler su herencia, empezando por la red de campos de internamiento y trabajo, el Gulag.

Hoy en día, la figura de Stalin es vista por la mayoría como uno de los peores y más psicopáticos dictadores de toda la historia de la humanidad. Pero en Rusia todavía quedan algunos que le admiran, que minimizan sus crímenes, que le quitan buena parte de la responsabilidad sobre ellos, y que ensalzan sus aciertos.

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