Historia de Mama Sara

En Europa, la alimentación estaba -y, en cierta forma, continúa estando- marcada por un cultivo básico, que daba paso a un alimento básico: el trigo, que daba origen al pan. En Asia, ese alimento básico es, como podéis imaginar, el arroz, y en la América precolombina era el trigo.

Tan importante rol en la civilización bien merecía la dedicación de una deidad para este cultivo.

Mama Sara era, en la mitología inca, la diosa del maíz.

El grano de maíz formaba parte, junto a la coca y la papa, de la trilogía de comida más importante para los incas y, consecuentemente, para su religión. De hecho, su nombre (Mama Sara) significa, literalmente, “Madre del Maíz”.

En la antigüedad, además, sin determinados productos químicos de los que podemos disponer hoy para ahuyentar a las plagas y garantizar el crecimiento de una planta sana, los agricultores dependían mucho más de que los elementos fueran benignos para obtener una buena cosecha.

Si a eso le añadimos, además, la dificultad de importar grano de otras regiones, que hoy en día es bastante fácil de hacer, tenemos que la confianza en los dioses para que les fueran favorables las condiciones y así poder alimentar a todo el pueblo, era máxima.

La historia de Mama Sara es la de una doncella que se había transformado en la planta de maíz para escapar de un matrimonio no deseado.

Este debía producirse con el hechicero Kuru, pero la intervención del dios solar Inti, que la ayudó a convertirse en la planta del maíz para despistar a Kuru, hizo que pudiera escapar.

Su naturaleza virginal hacía que los hombres no pudieran tocarla, por lo que el cultivo, recolección y trabajo del maíz eran tareas llevadas a cabo exclusivamente por mujeres.

Entre los rituales dedicados a Mama Sara, se incluía el vestir algunas plantas de maíz como muñecas, en una representación de Mama Sara.

Los rituales de invocación para unas buenas cosechas también incluían el situar piedras trabajadas como ofrendas votivas en los sembrados.

Durante la recogida del maíz también se le dedicaba otro ritual a Mama Sara, consistente en un baile.

En agradecimiento por una buena cosecha, el maíz era llevado a un establo en el cual se lo envolvía con las mejores mantas, ya que la planta misma era considerada la personificación de Mama Sara, y lo adoraban como a la propia diosa para que se conservara y para que la siguiente cosecha también fuera abundante.

Esto ocurría en el sexto mes del calendario inca, Aymoray, que se correspondería con nuestro mes de Mayo.

Del maíz se elaboraba un pan sagrado para utilizar el ceremonias, así como la chicha, una bebida no destilada que todavía hoy se elabora y se consume en diversos países latinoamericanos.

Esta bebida era también empleada en rituales religiosos, y su elaboración correspondía solamente a las mujeres, en sintonía con lo explicado antes de la naturaleza virginal de Mama Sara.

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