Biografía de Lenin

Para algunos, completaría la obra de Marx, para otros, la pervertiría. Admirado u odiado, pocos son los que pueden evitar la polarización sobre Lenin, el revolucionario ruso que cambió la historia de la humanidad y la faz geopolítica de la tierra al conseguir que su revolución triunfara en 1917. Vamos a analizar su biografía para establecer las claves del qué, el porqué, y el cómo.

Vladímir Ilich Uliánov (Lenin fue un apodo “de guerra” que adoptaría mucho más adelante) nació en abril de 1870 en Simbirsk (actual Uliánovsk), una ciudad de provincias situada en la orilla del río Volga.

La familia de Lenin era acomodada y culta, trabajando su padre como burócrata de la Rusia imperial zarista. Nada hacía presagiar el futuro interés político del niño que, de hecho, vivió su juventud sin interesarse por la política.

Fue a raíz de la ejecución de su hermano Aleksandr, involucrado en una trama conspirativa revolucionaria que pretendía asesinar al Zar Alejandro III, que Lenin empezó a interesarse por la política.

La muerte de su hermano siguió a la de su padre (este último, por muerte natural), e impactó fuertemente. No obstante, no fue hasta los 23 años aproximadamente, que sería seducido por la teoría marxista, cuando ya vivía en San Petersburgo (ciudad que sería rebautizada como Leningrado precisamente en su honor tras su muerte en 1924).

Entró en contacto con círculos de activistas revolucionarios durante su estancia en Kazán, otra ciudad ribereña del Volga, a la cual el joven Uliánov había acudido para estudiar derecho en su universidad. Ello llevó a un incidente que acabaría con su expulsión de la universidad.

Ya desde joven, Lenin fue un alumno brillante, brillantez que continuó durante su época universitaria. No le costó mucho sacarse la carrera de leyes.

Paradógicamente, llegó a vivir como un pequeño terrateniente gracias a una finca heredada por su familia; obviamente, el creciente interés revolucionario, y las veleidades de “salvar el mundo” que mostraba Vladímir, eran una preocupación para su familia, que deseaba aplacarlas, temerosa que que le acabara ocurriendo lo mismo que a su malogrado hermano Aleksandr.

Si bien ejerció la abogacía por corto tiempo y de forma intermitente, defendiendo sobretodo a gente que no podía costearse un abogado, se fue centrando rápidamente en lo que probablemente considerara la misión de su vida: la revolución que debía traer una sociedad más justa.

Por aquello época ya formaba parte activa de círculos marxistas, grupos de activistas que debatían cómo debía organizarse una revolución contra el gobierno y las clases opresoras, organizando actos para soliviantar a obreros y campesinos contra el orden establecido.

Tras su primer viaje al extranjero, en 1895, fue detenido poco tiempo después de su regreso y exiliado a Siberia. Este destino supuso un punto de inflexión en su carrera como agitador político.

De su estancia en Siberia traería de vuelta su seudónimo, Lenin, que alude -muy probablemente- al río Lena, que discurre por la región.

En lo político, el exilio interior le da tiempo para pensar y escribir, así como para planificar cómo se debe proceder a levantar el campesinado y los obreros contra la dictadura zarista. Tras finalizar el exilio interior, partió a escondidas hacia el exterior, concretamente hacia Suiza, donde fundaría el periódico Iskra. También vivió temporalmente en Londres.

A finales de 1905 vuelve a Rusia, persuadido que la derrota de las fuerzas zaristas en la guerra contra los japoneses, provocará el hundimiento del régimen.

Efectivamente, tras el conflicto y la bochornosa derrota, el imperio zarista vivió una serie de altercados fruto del descontento popular no solo con el resultado de la guerra -y el inútil sacrificio de vidas que había costado- sino que esto se acumuló a las pésimas condiciones de vida de una parte importante de la sociedad rusa.

Lenin pensó que podría aprovechar esta situación en beneficio propio y del partido, pero las formaciones izquierdistas todavía poseían poca influencia en el conjunto de la sociedad, y la revuelta armada que él proponía fracasó, forzando su huida nuevamente a Suiza a través de FInlandia (entonces todavía un territorio del Imperio Ruso).

Al empezar la Primera Guerra Mundial, Lenin se trasladó a la neutral Suiza. El conflicto supuso un revulsivo, pues los partidos de izquierdas con excepción de las formaciones marxistas, se alinearon con los respectivos bandos nacionales beligerantes.

Lenin era maquiavélico (en el peor sentido de la expresión), y no dejó de calcular cómo aprovechar en el beneficio de su idea revolucionaria el conflicto.

El ejército ruso pronto sufrió severas derrotas que llevaron a graves protestas internas, reprimidas con sangre por el régimen zarista. El Zar Nicolás II estaba muy alejado de su pueblo, no comprendía sus demandas ni buscaba hacerlo, y quienes mandaban en Rusia eran políticos y militares corruptos que veían en el mantenimiento del orden autocrático, la única forma de mantener su tren de vida.

En 1917, las autoridades alemanas permitieron que Lenin se desplazara a través de su territorio hasta llegar a Rusia a través de Suecia.

El tren, sellado desde la frontera suiza, llevó a Lenin y su séquito de revolucionarios hasta la costa báltica, desde donde embarcaron hacia Estocolmo y, de ahí, darían el salto al interior de Rusia. ¿Por qué esta ayuda germana?

Los bolcheviques estaban en contra de la guerra, y habían prometido sacar a Rusia de ella. Esto permitiría a Alemania rescatar tropas del frente oriental para dedicarlas al occidental, en el cual la situación se encontraba estancada. Es lo que hoy llamaríamos un “win-win”.

El triunfo de la revolución y la caída del zar no contentó a Lenin; quería todo el poder para los bolcheviques, y para él mismo.

Con la ayuda de personajes como Trotsky y Stalin, Lenin creó un clima de agitación política y persecución sistemática de sus adversarios, normalmente izquierdistas moderados, o políticos de centro, para desbancarlos del poder que debían tomar los bolcheviques por cualquier vía, que él consideraba válida.

Esto llevó a la revolución de octubre y la toma del poder por parte de los bolcheviques, quienes hasta entonces no habían sido la facción mayoritaria en el bloque de izquierdas.

Con la conquista del poder, el carácter de Lenin se volvió desconfiado y violento.

Justificaba asesinatos y ejecuciones, siempre y cuando encajaran con su ideal revolucionario de un bien superior para el pueblo. Hasta su muerte, dejó un reguero de muertes que sería ampliamente superada por las provocadas por su sucesor, Stalin, y que le valieron mala fama a todos los niveles.

Los detractores de las ideas izquierdistas citan las muertes causadas por los regímenes comunistas, empezando por el mandato de Lenin en Rusia (y tras la refundación del país, en la URSS) para deteriorar la imagen de las ideas progresistas.

Ciertamente, Lenin traicionó en su etapa en el poder, todo aquello por lo que había luchado, estableciendo un régimen tan igualmente represor y dictador como lo había sido el régimen zarista al que había derrotado, pese a prometer unas libertades políticas y sociales que nunca llegaron.

¿Tuvo la intención de acometerlas en algún momento? Probablemente hasta sus años de exilio en Suiza, sí. Luego, una visión demasiado próxima al poder corrompió el espíritu revolucionario de Lenin, que quiso retener el poder a toda costa, incluso en contra de las ansias de libertad de su pueblo, que vió como una dictadura sustituya a otra.

Lenin murió el 21 de enero de 1924, tras haber intentado, los últimos meses de su vida, una reforma aperturista, y advertir inútilmente sobre el peligro que representaba Stalin.

El futuro dictador aisló y controló a Lenin en la última etapa de su enfermedad, impidiendo de paso cualquier intento democratizador. Parecía que Lenin había entendido el daño que había hecho, pero en el ocaso de su vida ya fue muy tarde para reaccionar. Rusia y otros países los sufrirían hasta que, en 1989, la caída del Muro de Berlín trajo luz a la larga noche de los mal llamados regímenes comunistas de la Europa del este.

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