Biografía de Júlio César

Si Julio César hubiera nacido en nuestra era y hubiera intentado llevar a cabo su misma obra de gobierno, con métodos similares, en el presente, a buen seguro que ahora estaríamos hablando de un dictador y un genocida. Pero la relativización que impone la distancia del tiempo ha hecho que lo que se estudia habitualmente en las clases de historia sea la grandeza de este personaje, pieza clave para comprender la historia de la antigua Roma.

Cayo Julio César (en latín, Gaius Iulius Caesar nació en Roma alrededor del año 100 a.C en el seno de la gens Iulia, una familia patricia romana que afirmaba tener nobles y antiguas raíces.

La tradición familiar ligaba al héroe troyano Eneas, padre de Rómulo y Remo, así como emparentados con los reyes de Alba Longa, ciudad que según la tradición fue destruida por Roma y su población asimilada por la ciudad eterna.

La verdad era que, pese a tal supuestamente esplendoroso pasado, la familia Julia estaba en decadencia económica, aunque su prestigio social parece que estaba intacto.

Tal vez este estado de cosas explique el porqué la vida de Júlio César fue una huída hacia adelante, hacia el poder y no ya el bienestar o la independencia económica, sino a la acumulación de riquezas: el creerse en demasía un pasado brillante, y el de querer a toda costa y a cualquier precio un futuro mejor.

Posiblemente, ya desde su nacimiento César haya marcado la diferencia: algunos atribuyen la denominación cesárea a que fue una operación que se practicó durante su nacimiento, la primera de la que tendría constancia.

No obstante, y si bien esto cuenta la leyenda, la cesárea (el nombre César viene del verbo “cortar”, caedere en latín, que también tiene otras acepciones, como la de vencer) ya se practicaba con anterioridad, aunque normalmente de forma post-mortem para salvar al bebé que llevaba en sus entrañas una mujer que había muerto, o bien con gran riesgo para la parturienta, que casi siempre acababa muriendo.

No obstante, la madre de César sobrevivió al parto, y aunque no hay una completa seguridad de que se le practicara una cesárea, sería algo plausible.

Cómo hijo de una familia patricia y senatorial, disfrutaría de una educación esmerada, además de acercarse a Cayo Mario, cuñado de su madre, y gran general romano, que le habría enseñado algunas cosas sobre el mando de la milicia.

Desde bien joven, César sufrió ataques epilépticos, que intentó esconder como una “debilidad”, aunque en la cultura romana se consideraba esta una enfermedad para elegidos de los dioses, puesto que se pensaba que el afectado entraba en trance para recibir una comunicación de estos.

Bajo el mandato de Mario y Cinna, César es nombrado flamen dialis, sacerdote de Júpiter. En la antigua Roma, los cargos religiosos estaban muy ligados a los cargos en la administración pública, pues la religión lo era de estado. Además, también se casa con la hija de Cinna.

Su adscripción al bando perdedor en la Primera Guerra Civil (el de los populares, representado por Mario) provocó que tuviera que huir de Roma, amenazado por Sila.

César aprovechó su salida de la ciudad eterna (y pese a que podía volver por un perdón de Sila) para participar en la guerra contra Mitrídates VI, rey del Ponto, en una de las numerosas guerras que Roma mantendría en tierras de oriente.

Allí podría poner en práctica las lecciones aprendidas con Mario y su pericia dirigiendo tropas, mostrando además un arrojo y un valor extraordinarios, pero no temerarios, sino mesurados.

Fue durante esta aventura, que un episodio en la corte del rey Nicomedes IV de Bitinia le acarreó acusaciones de homosexualidad pasiva, algo grave en la Roma de la época.

Los romanos no consideraban tan mal la homosexualidad activa como la pasiva, considerando esta última en general como un vicio. Por ello, los homosexuales en Roma debían esconder esta práctica y, en general, los nobles no alardeaban de tales preferencias.

Este será un rumor que perseguirá a César toda su vida; sus legionarios, en el futuro, y para hacerlos enfurecer, le cantarán diciendo que César era el marido de todas las mujeres y la esposa de todos los maridos, en clara alusión nada velada a su presunta homosexualidad pasiva.

En el 73 a.C. se produce uno de los episodios más conocidos de su vida: su captura por parte de unos piratas.

En viaje hacia Rodas, su barco es interceptado y César capturado. Los piratas captores manifiestan su intención de pedir un rescate de 20 talentos, pero César se queja de que lo infravaloran, y que un rescate por su persona no puede valer menos de 50 talentos.

Pese a que los relatos cuentan que su trato con los piratas fue amable, también prometió crucificarlos, cosa que hizo en cuanto el rescate fue satisfecho y volvió a Roma. Allí reclutó una flota y salió en busca de los piratas, a los que capturó y crucificó como había prometido.

El primer destino como cargo público electo de César fue la provincia de Hispania Ulterior.

Fue allí donde se dice que lloró ante una estatua de Alejandro Magno, porque el rey macedonia había conquistado el mundo a los 33 años, y él superados los 30 (edad que ya era considerable en la antigüedad) consideraba que no había conseguido nada.

En 65 a.C. regresa a Roma y es elegido edil curul, encargándose de ciertas obras públicas en la metrópoli.

Es en esta época que César empieza a endeudarse en gran medida para poder progresar en la escala social.

El cursus honorum era la carrera pol´tica que debía seguir cualquier, con una serie de pasos estipulados y marcados, que hacían que fuera ascendiendo lentamente en el escalafón hasta llegar a cónsul.

Para ascender al escalón más alto, había que ser elegido por votación, por lo tanto más valía que el pueblo te apreciara. Esto hizo que muchos candidatos se endeudaran para lograr el consulado, y luego ya en el cargo se beneficiaran económicamente de él para pagar sus deudas, o admitieran corrupciones para que se les condonara.

César ya tenía en mente el consulado, así que no duda en gastar más de lo que tiene para ganarse el favor de la plebe y, con él, su futura elección.

En el 63 a.C. es elegido Pontifex Maximus, y un año más tarde se produce el escándalo que lo llevará a divorciarse de su esposa Pompeya, aludiendo que la mujer del César, además de ser honrada, también debe parecerlo.

Son muchas las frases que César ha legado a la posteridad y que se utilizan a día de hoy como máxima.

César también vivió en primera persona la conjura de Catilina en el 63 a.C, aunque nada apunta a que estuviera involucrado en el complot pese a su defensa del propio Catilina en el senado. Luego volvería a Hispania, como propretor de la provincia de Hispania Ulterior, de la que regresó a Roma con algo más de dinero en los bolsillos y algo más de prestigio militar, para presentarse al puesto de cónsul.

En el 59 a.C. fue elegido primer cónsul, compartiendo cargo con Marco Calpurnio Bíbulo, del partido de los Optimates (César pertenecía a los Populares).

Durante su consulado César se enfrenta abiertamente a Catón y los Optimates, enfrentamiento que lo acerca a Pompeyo, como él en el partido de los Populares y, por sorpresa para todos, a Craso, otro optimate.

Juntos conformarán el llamado Primer triunvirato, que se repartió cargos de poder e influencias (hicieron, por ejemplo, que Clodio fuera elegido Tribuno de la Plebe) para dominar la República a su aire.

El triunvirato desaparecería cuando César se marchara a la Galia como procónsul, y Craso pereciera en la batalla de Carras en oriente, una de las peores derrotas del ejército romano hasta la fecha y en toda su historia.

En la Galia, Cësar aplica la máxima divide et impera (traducida al español como “divide y vencerás”), aliándose con unas tribus galas contra otras.

Una vez más, César tendrá la oportunidad de mostrar sus dotes como comandante y estratega militar, que llegarán a la perfección en el sitio de Alesia, aunque antes sufrirá un descalabro en la batalla de Gergovia, sólo temporalmente, puesto que se repondrá de dicha derrota.

Su resumen del conflicto, De bello Gallico (la Guerra de las Galias) es también uno de los máximos exponentes de la literatura universal.

Mientras César está enfrascado conquistando la Galia, el partido de los Optimates seducía, con cantos de sirena, a su aliado Pompeyo, convenciéndole de que César es un enemigo en potencia que se revolverá contra él en cuanto pueda.

Pompeyo está unido a César por lazos familiares, casado con su hija Julia, fruto del primer matrimonio de César con Cornelia. Pero esta muere en el 54 a.C. mientras daba a luz. Pompeyo, libre de lazos familiares que lo unan con César, se deja influenciar y se revuelve contra su antiguo compañero de triunviro.

Seguro de que en Roma sus enemigos querrán juzgarle, César cruza el río Rubicón (Alea iacta est), que era la frontera política de Italia y que ningún procónsul podía cruzarlo con su ejército, sin renunciar a su magistratura. Empieza la Segunda Guerra Civil de la República Romana, y la más famosa.

El único mando de los Optimates capaz de hacerle frente es Pompeyo, pero ya empieza a ser un anciano y no puede hacerse cargo de la situación en su mejor estado de forma.

César ataca primero el bastión pompeyano que es Hispania, y una vez ha logrado batir allí a sus enemigos, se dirige a Grecia, donde Pompeyo y sus tropas se han atrincherado.

Pese a ser derrotado en Dirraquium el 10 de julio del 48 a.C, César aplastará a los pompeyanos en Farsalia, provocando la fuga de Pompeyo a Egipto, con el ya consiguiente y famoso affaire con Cleopatra.

Los amoríos son una constante en la vida de César, y la unión con la reina egipcia responde a los intereses de ambos, aunque parece ser que el dictador romano le tomó verdadero cariño a la soberana del Nilo.

Contra la creencia popular de una belleza desmesurada, según las crónicas el verdadero atractivo de la reina Cleopatra era una gran inteligencia, una excelente conversación, y un gran savoir faire.

No obstante, la relación entre César y Cleopatra desata una tormenta en Roma, donde el dictador no es bien visto socialmente, y menos aún la reina egipcia, que es vista como una aprovechada.

En Roma corre el rumor de que César quiere proclamarse rey, y acabar así con la República, instaurando el poder absoluto en su persona.

O, por lo menos, eso dicen sus detractores, puesto que históricamente no está probado que tuviera dicha intención, aunque no cabe duda de que había acumulado el suficiente poder como para controlar los destinos de la República.

Se orquestó la famosa conspiración que, en los idus de marzo del 44 a.C. acabó con su vida en el pórtico del Teatro de Pompeyo.

La vida de Júlio César es una continua huida hacia adelante en busca del éxito personal, del poder y del reconocimiento, por parte de un personaje cuya inteligencia y cultura quedan fuera de toda duda.

César ha dejado un gran legado a la cultura occidental, en terrenos como el militar, el judicial, el literario, o el político.

Tampoco debe extrañar que nombres de de cargos de reyes y emperadores como káiser (el emperador alemán), o zar (su equivalente ruso) deriven del nombre César, y que los mismos emperadores romanos se intitularan con su nombre, “césares”.

Su figura política, que toma relieve junto a la militar sobre las demás, queda marcada por una búsqueda sistemática de los resortes de la legalidad y la realidad republicana para obtener el poder.

Y, finalmente, su personalidad será la de alguien con un ego desmedido, que hablaba de sí mismo en tercera persona, lo cual nos deja otro legado: el plural mayestático utilizado por algunos reyes europeos en la edad media.

Fotolia. (en orden de aparición)
Ioan Panaite, Vasiliy Voropaev

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