Biografía de Adolf Hitler

Si un día nos dedicamos a preguntar a los transeúntes de cualquier calle de cualquier ciudad del mundo qué personaje histórico creen que ha representado la encarnación del mal en la tierra, probablemente al final de la jornada tendremos una mayoría de respuestas que apunten a un mismo nombre: Adolf Hitler.

Al dictador nazi se le atribuyen con razón toda clase de crímenes, pero lo que nos asusta pensar es que fue un hombre fruto de su tiempo, como otros miles o, incluso, millones y no solamente en Alemania, sino en todo el mundo.

Nacido en la localidad austríaca de Braunau am Inn, entonces en el Imperio Austro-Húngaro, el futuro Führer fue hijo del autoritario Alois Hitler, un agente aduanero del imperio, y de Klara Pölzl, segunda esposa del anterior, dedicada a las labores hogareñas y persona de gran sensibilidad.

La salud de la madre no era buena, y sobreprotegía al joven Adolf, que fue el cuarto hijo de la pareja pero el único que consiguió sobrevivir. La mala relación con su severo padre y la excelente con su madre, que lo consentía, marcaron el carácter de Adolf y su forma de ver las relaciones maritales.

De joven, Hitler quiso convertirse en artista, lo que no sentó nada bien a su padre que prefería que siguiera su camino convirtiéndose en funcionario del Imperio. Pero la muerte de éste en 1903 abrió camino expedito al joven Hitler ya que su madre le permitió elegir la carrera que él quisiese.

Hitler abandonó pronto la escuela, llevando una vida indolente a los dieciséis años, sobreviviendo gracias a la ayuda económica de su madre.

Se trasladó sucesivamente a Linz y Viena, y a la muerte de su madre empezó a ganarse la vida como pudo en la capital del Imperio desempeñando diversos trabajos, algunos de ellos físicos (como peón de obra), aunque también lo intentó en el campo del arte pintando, por ejemplo, postales.

No fue admitido en la academia vienesa de bellas artes por no poseer el talento requerido, algo que él no asumió; esta característica no reconocer las propias carencias y errores, fue muy común en la vida de Hitler, y se exageró en sus últimos tiempos, especialmente en su etapa en el búnker.

También desde joven quedó fascinado por la mitología germánica y el nacionalismo pangermánico.

No fue Hitler el creador de este como muchos podrían pensar, ni siquiera del antisemitismo o del nacionalsocialismo como doctrina política, aunque él creó su propio imaginario a partir de unas tesis que, por entonces, ya tenían muchos seguidores en los territorios de habla y cultura alemana, Alemania y la parte germana del Imperio Austro-Húngaro.

Buena parte de esta cultura antisemita y nacionalista le vendría por parte de la revista Ostara, dedicada al ocultismo y el pensamiento ultranacionalista pangermánico que se editaba en Austria.

De hecho, desde bien joven, Hitler soñaba con hacer algo grande por la patria común germana.

Para eludir el servicio militar en su Austria natal, Hitler se trasladó a Munich.

Esta huida no correspondería al simple hecho de esquivar su ingreso a filas, sino en hacerlo en un país multicultural y multiétnico como era el Imperio en aquel entonces, ya que al declararse la Primera Guerra Mundial, Hitler corrió a alistarse en Alemania, en un regimiento bávaro con el cual sirvió en el frente occidental. Y mostró un entusiasmo por la guerra que hizo que sus colegas de filas lo rechazaran y marginaran.

Hitler actuó como enlace de comunicaciones en Bélgica durante la contienda, sufriendo los efectos de un ataque con gas, lo que crearía también una marca en su vida.

De hecho, Hitler no permitió nunca que las tropas del Reich utilizaran gases contra otros ejércitos, aunque -eso sí- los permitió para “solucionar” el “problema” con las razas que consideraba como “infrahumanas” a las que quería eliminar, fuese este permiso explícito o por omisión (no hay documentos que conecten órdenes de Hitler con el holocausto, todo fueron órdenes verbales o bien “por beneplácito”, de las que no quedan constancia).

Demostró valentía en el combate, pese a que su puesto no era para luchar en primera línea, ganándose la Cruz de Hierro de segunda y de primera clase, y su ascenso a cabo.

Este último ascenso le valdría el mote de “cabo austríaco”, con el cual ciertos altos mandos germanos se referían a él a sus espaldas.

Al finalizar la guerra, Hitler se apuntó a la tesis que apuntaba a la “puñalada por la espalda” propinada, según los nacionalistas, por los comunistas y los judíos, como una forma de exorcizar una derrota que, por otra parte, era inevitable.

El fin del conflicto supuso un shock terrible para Hitler, su particular mundo se derrumbó. Consiguió permanecer en el ejército en una época turbulenta para Alemania.

En 1919, sus superiores le encargaron que espiara a su propia unidad e informara de apoyos subversivos a los comunistas. En aquella época, los comunistas y los socialdemócratas intentaron tomar el poder en el país para establecer un gobierno similar al soviético (algo que consiguieron, por ejemplo, y temporalmente, en Baviera), lo cual era visto con pavor por el centro-derecha y los derechistas, desde moderados hasta radicales.

El ejército, un estamento muy conservador, se puso a favor de la derecha, y permitió que elementos armados derechistas camparan a sus anchas mientras reprimía a los izquierdistas, fueran revolucionarios o no.

El trabajo de Hitler agradó a sus superiores, que le encargaron más trabajos similares vigilando organizaciones de corte subversivo. Una de estas encomiendas le cambiaría la vida, aunque él no lo sabía.

En septiembre de 1919 asistió a un mitin del DAP (Deutsche Arbeiterpartei, Partido Obrero Alemán). Hacia el final del encuentro, el debate entre el principal ponente y un miembro del público provocó que Hitler interviniera, siendo esta probablemente la primera vez que hablaba en público.

Los años de lectura sobre nacionalismo pangermánico, antisemitismo y anti-izquierdismo dieron sus frutos en aquel momento, y Hitler no solamente arrolló a sus interlocutores, sino que impresionó a la audiencia y, lo más importante, a los responsables del, por aquel entonces, minúsculo partido.

Anton Drexler, fundador del DAP, invitó a Hitler a unirse a su formación, cosa que el futuro führer hizo al cabo de unos meses.

Hitler se convirtió rápidamente en el principal activo del partido, hasta el punto de que lo llevó a su refundación en febrero de 1920, introduciendo un breve programa (los famosos 25 puntos) impregnados de nacionalismo pangermanista y antisemitismo. El nombre de la renovada formación pasaría a la historia más tenebrosa de la humanidad: NSDAP, Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán.

El mismo día en que se anunciaba esta formación, Hitler abandonaba el ejército, persuadido de que su destino debía ser la política y su sueño infantil de hacer algo grande por la patria germana.

Admirador de Mussolini, Hitler fue introduciendo elementos importados del fascismo italiano en el nazimso a medida que ganaba poder.

Estos elementos reconocibles, como el saludo romano y una milicia paramilitar para hacer frente a sus enemigos políticos y sociales (las SA), se identifican más a día de hoy con el nazismo en la imaginación popular, que con el fascismo.

En esa época, Hitler gana seguridad como orador, introduciendo técnicas modernas que nadie contemplaba en la época, pero que a partir de entonces los políticos de todo el mundo mimetizarían.

Con un discurso bien ensayado no solamente a nivel de contenido y retórica, sino también de puesta en escena, Hitler ensayaba hasta la extenuación sus movimientos y cadencia. El discurso estaba pensado para atrapar a quien lo escuchaba, persuadir y encandilar.

El futuro dictador trabajó muy bien un carismo y magnetismo personal que lo ayudó a ganar voluntades en muchas ocasiones.

Hitler ganó rápidamente control del partido, demostrando una incipiente capacidad para deshacerse de sus enemigos políticos que iría perfeccionando en el futuro hasta llegar al poder y, de ahí en adelante, ya utilizando la violencia.

En 1923, ante la grave situación creada en Alemania por la ocupación aliada (franceses, británicos y belgas) de la región del Ruhr por el impago germano de las reparaciones de guerra, Hitler intenta tomar el poder en el llamado Putsch de Munich.

Hitler se inspiró en la fascista Marcha sobre Roma que dio el poder a Mussolini, pero su intento fue un fracaso que terminó con víctimas mortales al no contar con el apoyo de las autoridades.

Hay una polémica sobre el comportamiento de Hitler durante el tiroteo subsiguiente al golpe, y que casi le cuesta la vida. Algunos autores apuntan a una huida cobarde, parapetándose en compañeros de partido.

Tras el intento del golpe de estado, Hitler y sus compañeros fueron juzgados y encarcelados.

Pero Adolf Hitler ya no era ningún aprendiz de la arena política, sino que se estaba convirtiendo en un maestro y, como tal, aprovechó la plataforma comunicativa que le daba el juicio para ganar fama y nuevos adeptos gracias al trato de favor de las autoridades, que prácticamente le dejaron convertir su juicio en un mitin del NSDAP.

Su encarcelamiento posterior también estaría trufado de tratos de favor, incluyendo una condena mucho menor de la que le correspondería. Fue en la prisión en la que dictó a su compañero de celda y de partido, Rudolf Hess (así como a diversos secretarios) el Mein Kampf (Mi Lucha).

En dicho libro, Hitler expone su teoría socio-política, sus ideas racistas, el destino del pueblo germano como dominador del mundo, y la conquista de lo que llama como “territorio vital” (en alemán, Lebensraum) en Europa del este para la expansión germana.

Cuando salió de presidio en 1924, Hitler se dedicó a reconstruir el NSDAP, muy tocado por los hechos de Munich. Como organizador, brilló, expandiendo el partido desde Baviera no solamente con fuerza a toda Alemania, sino también creando filiales en todos los territorios de habla alemana, como Austria o los Sudetes, la región germana de Checoslovaquia.

Las elecciones parlamentarias de 1930 elevarían al Partido Nazi al segundo puesto. Si bien los nazis no serían nunca la fuerza más votada, Hitler y sus secuaces sabrían manejar los hilos hasta hacerse con el poder.

Una vez instalado en este, el maquiavelismo (entendido en la peor de sus acepciones) de los jerifaltes nazis les llevó a eliminar, uno a uno, sus enemigos políticos, y a asegurarse un poder absoluto.

La eliminación de los rivales, por decreto y física, empezó por los comunistas y los social-demócratas, y cuando se aseguraron el poder, fueron a por quienes consideraban “inferiores”: judíos, gitanos, homosexuales,...

La animadversión de Hitler sólo se vió incrementada a lo largo del tiempo. No obstante, siempre procuró no verse directamente implicado en las órdenes de exterminio, ya que consideraba que ello acabaría con una visión casi mítica que consideraba tenía el pueblo alemán hacia él.

Algo que debe reconocérsele es que fue fiel a sus principios una vez instalado en el poder: buscó juntar bajo un mismo hogar nacional a todos los territorios de cultura germana, y eliminar las “razas inferiores” según su credo racista.

Para ello, el dictador veía en la guerra una herramienta que le permitiría alcanzar dicho fin. Su intención no era conseguir la máxima extensión posible de forma pacífica, sino provocar la guerra en un momento u otro, cosa que veía factible con Checoslovaquia y, para su decepción, acabó con las potencias occidentales cediendo.

La oportunidad para realizar su deseo, que debía permitir a Alemania vengarse de la humillación padecida por Francia en la posguerra, se presentó con Polonia.

Los éxitos iniciales en la contiendas, con la ocupación de Polonia, Dinamarca, Noruega, Bélgica, Luxemburgo, Países Bajos y Francia en ataques relámpagos, y luego la campaña inicialmente exitosa contra la URSS (pese a la derrota ante Gran Bretaña) alimentaron el halo de invencibilidad germana y la genialidad como estratega del propio Hitler.

Se lo acabaría creyendo él mismo, lo que a la postre acabaría resultando fatal para los intereses militares del Reich. De hecho, y cuando los servicios secretos británicos plantearon la posibilidad de asesinar a Hitler, los militares de aquel país los frenaron afirmando que el Führer era una baza -y de las mejores- para las armas aliadas.

Su carácter durante el conflicto se agrió, sus manías persecutorias (contra los judíos, por ejemplo) se agudizaron, e incluso cada día demostraba menor respeto por la vida humana de aquellos a quien antes había llegado a juzgar sus semejantes, el pueblo alemán.

En la caída de Berlín, aquel pensamiento llegó a su punto álgido, pues el propio Hitler consideró que había sido traicionado por los alemanes, y que estos eran indignos de él y que debían ser víctimas de los eslavos y los judíos porque no estaban a la altura de su Führer.

El 30 de abril de 1945, Hitler y su esposa Eva Braun (con quien acababa de contraer nupcias como reconocimiento a su fidelidad) se suicidaron en el búnker de Berlín.

Hitler moría odiando, no solamente a los enemigos a quienes consideraba inferiores, sino, y como he dicho antes, al propio pueblo alemán a quien había querido servir.

Sabía que, de haber sobrevivido y haber sido capturado vivo, habría sido exhibido en una jaula en el centro de Moscú. La perspectiva de caer en manos soviéticas no era nada agradable y, como él, millares de alemanes siguieron el mismo camino suicidándose.

Moría así el hombre, pero su siniestra obra continuará formando parte de la historia, y la sola pronunciación de su nombre seguirá evocando la encarnación de lucifer en la tierra: Adolf Hitler, aquel que fue responsable de la muerte ignominiosa de millones.

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