Biografía de Francisco Franco

Haciendo gala de una indefinición propia de su carácter gallego en política internacional de la que también hizo gala en temas interiores, Franco fue el único líder fascista que tomó partido en la Segunda Guerra Mundial y que sobrevivió al conflicto, a diferencia del régimen salazarista portugués, que no se inclinó activamente por ninguno de los dos bandos.

Francisco Franco Bahamonde nació en Ferrol el 4 de diciembre de 1892, en el seno de una familia ligada al estamento militar -más concretamente, a la marina-, y de un matrimonio mal avenido, lo que dejaría huella en Francisco desde bien joven.

Curiosamente para el devenir del personaje, que se convertiría en el icono personificado del conservadurismo en España, su padre fue un librepensador muy dado a las fiestas y la compañía femenina, mientras que su madre era el polo diametralmente opuesto, conservadora y muy religiosa.

Con un padre de carácter irascible y que no pasaba mucho tiempo en casa, confrontado a una madre bondadosa y acogedora, no es de extrañar que Franco “escogiera bando”, alineándose con su madre en el carácter bondadoso y piadoso.

Esto lo marcaría por el resto de su vida, ya que en el futuro identificaría los desmanes en el aspecto político-social con el librepensamiento de su padre, condenando todas las ideologías que, según él, llevaran al mismo término.

Las consecuencias posteriores a la pérdida de las últimas colonias españolas en 1898 de inestabilidad política y social, representará una fuerte convulsión para el joven Franco.

La culminación de este proceso de emancipación colonial provocará en España un fuerte sentimiento identitario españolista, aunque en ciertas regiones como en Cataluña, también despertará el dormido sentimiento propio, cristalizando en el catalanismo y el independentismo que todavía hoy perduran.

También nacen ideales de renovación del país, mientras que los más nacionalistas abogan por un conservadurismo que les lleva a idealizar el pasado imperial, y a aspirar a recuperar lo que consideran como parte de esa gloria perdida.

Franco hallará en dichos ideales imperialistas y conservadores un reconfortante ideario político-social con el que comparte ideas, y del cual ya nunca más abjurará.

Viendo su ideal de servicio a la patria y respaldado por su madre, a los 12 años Franco entra en un colegio militar como preparación para su salto a la Academia Militar de Toledo.

En la academia, Franco era un cadete retraído, que no socializaba mucho y que se veía como marginado; debido a su carácter y a su corta estatura, era objeto de continuas burlas por parte de sus compañeros. Tampoco fue un alumno especialmente brillante, si no más bien uno más de su promoción.

A petición propia es destinado a las colonias africanas, donde no sólo hará carrera, sino que se identificará con el espíritu militar de los mandos allí estacionados, que crearán lo que se ha dado en llamar “espíritu africanista”.

Dicha línea de pensamiento recoge lo peor del nacionalismo español: militarismo exacerbado (hasta el punto de tener como modelo de gobierno la dictadura militar), exaltación de lo castellano como español (caso del idioma y la cultura) en detrimento de los idiomas propios de otras regiones como Cataluña y Euskadi, religiosidad católica a ultranza, y combatividad contra las ideas de izquierdas hasta el punto de la agresión física.

Esta línea de pensamiento será la que, a posteriori, inspire el intento de golpe de estado de 1936 que dará paso a la Guerra Civil.

En África su carrera prosperará gracias a su arrojo, llegando a ser el general más joven de Europa en su época.

Franco parecía mantener una gran frialdad ante el fuego enemigo, comandando sus tropas y animándolas en pie frente a las trincheras, además de haber tenido la fortuna (para él, naturalmente) de haber sobrevivido después de darles tantas facilidades a los tiradores enemigos.

Él atribuía su presunta invencibilidad a la buena fortuna a la que llamaba Baraka, un término árabe. Supo conectar bien con las tropas, que lo admiraban, especialmente los soldados nativos.

En el futuro, correspondería a dichos soldados, permitiéndoles, por ejemplo, practicar libremente y sin impedimentos su fe musulmana en el marco de un ejército en el que se practicaba el integrismo católico (por ejemplo, las tropas estaban obligadas a asistir a misa).

No obstante, este arrojo no impidió que fuera herido, y de consideración; de hecho, dicen las malas lenguas que posiblemente su hija no fuera en realidad hija suya, ya que a resultas de una herida, Franco no podía “funcionar” desde antes de casarse.

Gracias a su fulgurante ascenso en África, goza de gran popularidad entre las clases pudientes españolas, aunque el pueblo llano rechaza la intervención colonial en Marruecos, ya que pagan con sangre lo que otros disfrutan en forma de negocios y prebendas.

En 1917, y con un nuevo destino en Oviedo, conocerá a la que será su esposa: Carmen Polo. También contribuirá a la represión de los huelguistas como lo volverá a hacer en 1934.

Al volver a África entra en contacto con José Millán-Astray, militar español fundador de la Legión, y que provocaría un enorme impacto en Franco, forjando con él una relación personal.

Franco conseguirá un puesto de comandante en la Legión, en la cual accederá a su mando en 1923 cuando Millán-Astray fue apartado debido a los excesos cometidos por su tropa en la refriega colonia.

Era la época de la dictadura militar de Primo de Rivera, y Franco seguía acumulando triunfos militares y condecoraciones.

No obstante, lo que aparenta ser un talento innato para la guerra, y una gran capacidad estratégica, quedará falsamente plasmado debido a que el enemigo es débil y poco organizado aunque tenaz y conocedor del terreno. De hecho, las carencias militares de Franco quedarán al descubierto durante la Guerra Civil, y se resumirán en la reflexión de Mussolini sobre que no sabía o no quería hacer la guerra.

En una mezcla de ambas cosas, Franco esquivaría dar golpes decisivos, enfrascados en una dura represión de las ideas liberales que tanto odiaba en su retaguardia.

En 1928 Franco recibe el cargo de primer director de la Academia Militar de Zaragoza, cargo en el que se encontraba cuando se proclamó la República.

La República es rechazada por los militares africanistas, incluído Franco. Ello determina que sea puesto bajo vigilancia policial, ya que había fuertes rumores de conjuras para realizar un golpe de estado.

No obstante, de cara a las diversas conjuras que pudieron contactar con él (como en el caso del general Sanjurjo), Franco se muestra ambiguo, una ambigüedad en lo político que practicará toda su vida, incluso en el golpe del 36.

En 1934, y bajo un gobierno de derechas, Franco fue llamado a dirigir las operaciones para sofocar la rebelión de los mineros en Asturias, de tinte izquierdista, cosa que el futuro dictador hizo con extremada dureza.

Mandó llamar a la Legión y dio una especie de carta de libertad para que los legionarios cometieran toda clase de desmanes. La cifra final de muertos fue de 1.500, y la intervención armada impactó profundamente a la sociedad española, tanto en un sentido como en otro, abriendo una brecha que conduciría al levantamiento de 1936.

En 1935 vuelve a África, pero el resultado de las elecciones de 1936 y la subida de la izquierda hace que se lo aparte a las Canarias, un destino “aburrido” para un hombre de acción como él.

El mismo 1936 es “invitado” por sus colegas africanistas a unirse al golpe de estado que estaban planeando, pero Franco se muestra ambiguo.

Dicha actitud, que le valdrá el menosprecio por parte de sus colegas de armas, puede haber sido suscitada por un instinto de autoconservación (por si el golpe fracasa), o bien por las dudas de estar siendo investigado y, por lo tanto, caer y hacer caer a los conjurados antes de que pudiera empezar el amotinamiento.

Debido a este papel jugado, Franco no desempeñará un papel clave al inicio del conflicto, aunque este sea posteriormente mitificado por la propagando oficial del régimen, como en el caso de su viaje con el Dragon Rapide, el avión que lo llevó desde Canarias a asumir el mando de las tropas africanas y a cruzar con ellas a la península.

Estas tropas eran indispensables para los sublevados, ya que eran las mejor pertrechadas y más aguerridas. El ejército republicano echó en falta no poder contar con su experiencia.

Fue la muerte de sus superiores en la conjura, como Sanjurjo (de accidente de avión cuando intentaba volver a España desde Portugal), junto a sus buenas relaciones con Italia y Alemania, y a su habilidad política, que Franco acabó ascendiendo a lo más alto en el escalafón de los sublevados.

Y cuando tuvo el poder, maniobró para retenerlo. Por ejemplo, el Decreto de Unificación de 1937, venía a dotarlo de poder sobre un çunico estamento político.

Es también en el conflicto cuando demuestra que, frente a un enemigo de cierta potencia, no es capaz de adaptarse a un tipo de guerra moderna, estando táctica y estratégicamente anclado en el pasado. Si la guerra dura tres años, es debido a que Franco peca de no tener una visión estratégica coherente con los tiempos, ni aprovecha la superioridad militar del bando sublevado, además de preferir perder tiempo y recursos en una violenta represión tras la línea de frente.

Dicha represión continuará en la inmediata posguerra. En España también habrá campos de concentración, un tema que todavía hoy sigue siendo tabú en la sociedad española.

Una vez ganada la guerra, Franco es consciente de que está en deuda con Italia y Alemania por la ayuda de estas. Nuevamente, utilizará su indefinición para no saldar la deuda contraída.

Hitler dijo tras encontrarse con él en Hendaya en 1940 que antes de volver a hablar con Franco, prefería que le arrancaran una muela (es de presumir que sin anestesia...). Parece que el ya “generalísimo” pidió de todo a Alemania (comida, material militar, tropas, apoyo logístico,...) sin ofrecer mucho a cambio, e incluso llegó a pedir parte de las colonias francesas en África.

El dictador alemán no quiso seguir por ese camino, puesto que no quería comprometer su relación con el gobierno de Pétain en Vichy.

Finalmente, y bajo el eslogan de “¡Rusia es culpable!” la españa franquista sólo mandará una unidad (la llamada División Azul) al frente del este para combatir el comunismo y como una especie de revancha por la intervención soviética en la Guerra Civil.

Cabe decir que los sobornos británicos y norteamericanos a militares influyentes del régimen también hicieron su labor para mantener a España neutral, algo que interesaba a los aliados para impedir la toma de Gibraltar por parte de Eje y mantener abierto el Mediterráneo.

Ahora, al régimen le quedaba sobrevivir a la guerra...

Posicionándose como un férreo anticomunista fue como Franco logró, tras la conflagración, el reconocimiento y el apoyo internacionales.

Empezando con los Estados Unidos, interesados en disponer de bases en la península, como la de Rota, en el sur peninsular.

Ya nadie pone en duda el liderazgo de Franco en España, y aunque en el extranjero (como en Francia) la población es contraria a la dictadura personalista del “generalísimo”, los gobiernos lo toleran y pactan con él.

En parte, el miedo a un retorno al Frente Nacional de izquierdas que ganó en el 36, con una amplia presencia del Partido Comunista (PCE) y, por lo tanto, influencia de Moscú, es una preocupación para las potencias occidentales, que prefieren apostar por Franco, igual que harán más adelante con Pinochet en Chile, por ejemplo, entre otros casos de dictaduras de extrema derecha en diversos escenarios, como Iberoamérica, África y Asia.

Franco también sabe navegar políticamente, y a medida que los vientos han ido cambiando desde el éxito del fascismo y el nazismo, hasta el auge de las democracias occidentales, aparta de los puestos de mando a quienes presentan perfiles más comprometidos con el Eje, en favor de perfiles más favorables a las potencias aliadas.

Su dictadura se caracterizará por un etnicismo castellano-centrista: en España no hay lugar para otras culturas o idiomas. Las costumbres de otros pueblos, como la sardana catalana o los aizcolaris vascos, son vistos como muestras “regionales”, y los idiomas catalán y vasco son prohibidos en su uso público.

Si bien a nivel oficial ya no volverán a ser permitidos hasta pasada la Transición, a nivel público, y a partir de la década de los 60, se irán relajando poco a poco las prohibiciones, aunque sin llegar a normalizar nunca el uso de otra lengua que no fuera el castellano.

En lo económico, Franco decide primero cerrar a España en la autarquía para, una vez ganado el favor de las potencias occidentales, abrir el mercado.

De esta forma el “milagro español” tan publicitado por el régimen no es más que la aceptación de la dictadura a nivel internacional, con todo lo que ello comporta.

Obcecado en mantener España anclada en la tradición, Franco comandará con mano de hierro, fe inquebrantable en la religión católica, y el odio más cerrado hacia sus enemigos de izquierdas y todo lo que considera antiespañol (como los patriotas catalanes y vascos) el destino del país, que convertirá en un cuartel bajo tutela militar hasta su muerte el 20 de noviembre de 1975.

No obstante ¿realmente ha muerto Franco?

En cuerpo sí, pero su fantasma todavía tuteló el proceso de transición, aunque el rey Juan Carlos I abjuró de muchas de las promesas que había hecho al ya anciano general.

A diferencia de la memoria de otros dictadores fascistas europeos, como Hitler o Mussolini, la de Franco ha pervivido en España a lo largo de todo el tiempo tras su muerte, y hoy es figura reivindicada por la extrema derecha, lo que origina una fuerte controversia y es motivo de enfrentamientos en el país.

Sus partidarios suavizan y endulzan su figura (a menudo achacando los excesos de su régimen a subalternos), mientras que sus detractores la comparan a las de los dos dictadores antes mencionados.

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