Biografía de Diego Velázquez

Considerado uno de los máximos exponentes de la pintura española y mundial, Diego Velázquez es el autor de una genialidad pictórica como Las Meninas, además de otras obras imperecederas de la cultura a nivel planetario.

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez nació en Sevilla el 5 de junio de 1599, en el seno de una familia modesta pero con ciertas pretensiones de pertenecer a la baja nobleza.

Tuvo la suerte de vivir en la ciudad adecuada en la época adecuada; la Sevilla de principios del siglo XVII vivía su época de oro, pues poseía el monopolio del comercio con América, lo cual suponía, además de una fuente de ingresos prácticamente inagotable, un atractivo para gentes de toda procedencia, lo que la convirtió en una urbe cosmopolita.

Pronto empezó a aprender el oficio de artista (que entonces podía ser tanto de pintor, como de escultor, o cultivar otras vertientes), afirman las crónicas que a los 10 años de edad en el taller de un maestro sevillano.

El joven muestra un talento desbordante desde el primer momento en que entra al taller donde se formará.

Su maestro, Francisco Pacheco, tuvo el acierto de enseñarle la técnica pero no limitarlo en cuanto a la aplicación de esta y al crecimiento que iba experimentando Velázquez, dándole la libertad suficiente como para que experimentara y encontrara su propio estilo.

En 1617 Velázquez se examina como pintor y entra, de forma efectiva, en el gremio de pintores de Sevilla. Esto le permitía ejercer de forma efectiva como pintor no solo en la ciudad, sino en todo el reino de Castilla, e incluso contratar aprendices. Era, para la época, lo que sería ahora una suerte de “licencia comercial”, pues incluso podía abrir una tienda de cara al público.

El 23 de abril de 1618 se casa, en su Sevilla natal, con Juana Pacheco, hija de su maestro Francisco. Con ella tendría dos hijas.

Velázquez aprende de varios grandes pintores, toma influencias, pero siempre con la actitud de un gran genio: desarrollándolas y asimilándolas dentro de un estilo propio.

Será ese estilo propio el que lo lleve, por ejemplo, a pintar bodegones con trazos de líneas que no representan fielmente la realidad, al contrario que el estilo pictórico de su maestro Pacheco, quien, por cierto, le defiende en todo momento. Y no solo por ser su yerno, sino por verdadero aprecio y reconocimiento de su gran talento.

En sus primeros tiempos, los cuadros de temática religiosa copan gran parte de su producción, ya que las personalidades eclesiásticas eran buenas clientes del gremio de los pintores.

En esta etapa sevillana, su estilo es más claro en términos de uso de la luz, de lo que será en el futuro cuando llegue a Madrid y tenga la oportunidad de estudiar a los pintores italianos que forman parte de la colección real.

Efectivamente, Velázquez gana fama con rapidez, lo que le vale -tras algunos viajes personales a Madrid, en los que busca ser presentado al Conde-Duque de Olivares- un encargo para retratar al rey Felipe IV.

Ese fue su espaldarazo definitivo hacia la corte, con un estilo ya impregnado de negros, grises y azules oscuros que no dejará hasta su muerte. El mismo año, y tras ser valorado su trabajo por parte del monarca español, se le nombra pintor oficial de rey, fija su residencia en la capital, con un sueldo de 20 ducados mensuales, lo cual le permite una vida acomodada a él y a su familia.

En 1627 es nombrado ujier de la cámara, con un sueldo de 350 ducados anuales, lo que junto a otras rendas y los emolumentos por los cuadros pintados, le otorgará una posición económica privilegiada.

En 1628 conoce al gran pintor flamenco Rubens, de visita en Madrid, con quien trabaría cierta amistad y colaboraría en tareas pictóricas, siendo para Velázquez también una influencia.

En 1629 realiza el primero de sus dos viajes a Italia, el cual cambiaría su pintura de una forma bastante radical.

A partir de aquí, el maestro sevillano se revelaría como un pintor más luminoso, aplicando unos colores de fondo más claros y unos personajes más intensos.

Era muy detallista, delineando perfectamente los pequeños detalles que encontramos en sus cuadros y habiendo desarrollado una técnica pictórica propia, algo de lo que son capaces solamente los grandes genios.

Además, sus composiciones eran vivas desde el momento en que las empezaba: en vez de seguir un camino ya trazado para completar la composición, ciñéndose a los bocetos, adaptaba la pincelada para obtener el mejor resultado en términos de iluminación. Su paleta de colores, no obstante, siempre fue bastante reducida.

A sus 32 años, y de vuelta a España, inicia su periodo de madurez.

Sigue progresando en la corte, apreciado tanto por el monarca como por su poderoso valido, recibiendo títulos y distinciones.

Entre 1634 y 1635 realizará algunas de sus obras más conocidas, como una serie de retratos ecuestres de la familia real, y La rendición de Breda.

Esta es una época de febril actividad productiva para el genio de la pintura española.

En 1649 marcha nuevamente a Italia, aunque esta vez lo haría prácticamente en calidad de marchante de arte para el rey, con la misión de adquirir esculturas y pinturas.

Pasa por Génova y se establece en Roma, creando lazos con el papado, pintando por ejemplo un retrato de Inocencio X y desarrollando una intensa actividad retratista.

También pinta algunos desnudos femeninos, algo inusual para la pintura española de la época, pero el genio se deja influenciar por el ambiente renacentista italiano, que otorga un mayor culto al cuerpo. En 1651 regresa a Madrid.

En 1656, cuatro años antes de su muerte, pintaría la que es considerada su obra maestra: Las Meninas.

En esta podemos ver un autorretrato del mismo Velázquez en primer plano en, precisamente, su tarea de pintor, en lo que consiste un prodigioso juego de espejos, además de una figura que entra por una puerta trasera, dotando a la composición de una sensación de profundidad y una iluminación (pese a la escasez en la paleta de colores) prodigiosa.

La última etapa de su vida nos legará composiciones un poco más enrevesadas y de mayor tamaño, probablemente influenciadas por su segunda estancia en la península con forma de bota y a los cuadros que pudo ver en su estancia vaticana.

Velázquez fue un pintor irrepetible que, como buen genio, supo sintetizar las virtudes de otros, tanto a nivel técnico como estilístico, y adaptarlas a su propio estilo. Algo, sin duda, al alcance de muy pocos en cualquier disciplina.

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