Biografía de Ana Frank

Si la Europa de los años 30 y 40 hubiera seguido un curso más o menos “normal”, con una vida pacífica, tal vez Ana Frank no habría pasado a la posteridad. O tal vez sí, como escritora, que era su vocación, si su vida no se hubiera truncada a los 15 años en el infierno de un campo de concentración.

Su diario, publicado tras la guerra por su padre -único superviviente de la familia- tal y como ella hubiera querido hacer, es una denuncia imperecedera a la brutalidad nazi y, por extensión, contra cualquier ideología totalitaria que pueda existir en el mundo.

Ana Frank nació en Frankfurt (Alemania) el 12 de junio de 1929, hija de una familia de judíos alemanes de clase media.

Su padre, Otto Frank, sirvió como teniente en el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial, y aunque en general aquellos alemanes de origen judío que habían servido en el Ejército Imperial Alemán durante el conflicto pudieron esquivar algunas de las restricciones raciales impuestas por el régimen nazi, decidió junto a su familia emigrar a Holanda en 1933, año del ascenso al poder de Hitler.

Ana, pues, creció en Holanda, un país de tradición tolerante en materia cultural y religiosa, aunque en la turbulenta agitación política de la década de los 30, tampoco faltaban fascistas y nazis holandeses, que serían los que nutrirían las filas de los colaboracionistas durante la invasión alemana.

El 10 de mayo de 1940 Alemania atacaba los Países Bajos como parte de su ofensiva sobre Francia. Pese a una tenaz lucha de las fuerzas holandesas, ante la superioridad militar germana, el hundimiento belga y la inoperancia de las tropas anglo-francesas, Holanda se rendía el 17 de mayo.

Empezaban los oscuros años de la ocupación nazi, aunque en contra de lo que se cree popularmente, los Frank no pasaron de forma inmediata a la clandestinidad, sino que lo hicieron en julio de 1942, al recibir su hija Margot una citación para presentarse a un campo de trabajo nazi en Alemania.

Ante el miedo que esta citación provocó en la familia, y sintiéndose amenazados y perseguidos, los Frank decidieron esconderse.

Antes, en junio de 1942, por su aniversario, Ana había recibido como regalo de su familia un diario, que inauguró justo dos días después.

La vocación de escritora de Ana la impulsó a seguir con el diario una vez su familia, junto a otra familia holandesa de origen judío, y un dentista también judío holandés se escondieron en un anexo al edificio que se encontraba en el número número 263 de la calle Prinsengracht en Amsterdam, sede de los almacenes de Opekta, la empresa que creara Otto Frank, y al que Ana bautizó como “la casa de atrás”.

Los refugiados contaron con el apoyo de diversos trabajadores de la empresa y vecinos, que les dieron cobijo, les proporcionaron apoyo logístico y moral, y se ocuparon de sus necesidades.

Pese a que los días vividos habían sido duros, y los que quedaban por venir lo serían todavía más, Ana era un espíritu joven, vitalista y optimista.

Este optimismo vitalista se demuestra en una frase del diario que se ha hecho célebre: “la gente a pesar de todo es realmente buena de corazón”. Sin lugar a dudas, y dejando de lado que uno esté o no de acuerdo con el significado de esta frase, no podemos más que sorprendernos por el entorno en el cual fue escrita.

Durante su etapa de clandestinidad, y como otra muestra de su optimismo vitalista, Ana tuvo un romance con Peter van Pels, el hijo de la otra familia refugiada, tres años mayor que ella. Como dato curioso, Ana al principio era reacia a las aproximaciones del joven, pero acabó desarrollando un genuino cariño por él, que derivó en una relación amorosa de corte romántico.

La intención de Ana era publicar su diario una vez hubiera acabado la guerra. Pero todo saltó por los aires en agosto de 1944.

Delatados, probablemente por unos vecinos de quienes a día de hoy todavía se desconoce la identidad, todos los ocupantes del refugio fueron detenidos por la Gestapo, e inmediatamente trasladados a campos de concentración.

Dentro del infortunio, el resto de mortales tenemos la suerte de contar con el testimonio directo de la joven Ana gracias a que una de las trabajadoras de la empresa de Otto que ayudó a esconder a la familia Frank: Miep Gies.

Gies recuperó algunos objetos personales de los Frank tras su detención, y los mantuvo bajo cobijo hasta que pudo devolvérselos a Otto tras la guerra. Entre estos objetos, se encontraba el ahora ya famoso diario.

Ana Frank murió a los 15 años de tifus en el campo de concentración de Bergen-Belsen.

Tras la guerra y su regreso a Holanda, Otto Frank se encargó de que el diario de su hija fuera publicado. Otto fue el único superviviente no solamente de su familia, sino de todos los que compartieron escondrijo en “la casa de atrás”.

Además de un testimonio de la época de amargura en la que le tocó vivir, el diario de Ana Frank es también un recuerdo de la pérdida no solo en vidas humanas, sino también en riqueza cultural, que nos lega la guerra.

Porque como incipiente escritora, Ana hubiera podido legarnos muchas más páginas a lo largo de la vida que hubiera podido tener y no fue. Con ella se perdió una posible gran genio de la literatura. ¿Cuantos más genios en todas las disciplinas habrán perecido en este y otros conflictos, impidiéndonos crecer gracias a su obra?

El diario es, pues y también, un alegato en favor de la paz.

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